(CASTELLANO) Hay series que se ven y se olvidan, y luego están las que te obligan a mirar de frente lo que tienes al lado del portal. Salvador entra en la segunda categoría. Lo hace desde un Madrid reconocible, donde los grupos neonazis no son villanos de tebeo, sino la consecuencia fea de una mezcla de precariedad, odio dirigido desde arriba y mucha, muchísima impunidad. A ratos duele más por lo que te recuerda que por lo que enseña. La serie funciona mejor cuando se olvida del sermón y se centra en la anatomía de la radicalización: jóvenes sin horizonte, familias rotas, líderes que venden…
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