(CASTELLANO) La primera temporada de El último samurái en pie me ha sorprendido más de lo que esperaba. No es solo que tenga ritmo —que lo tiene, y mucho—, es la sensación constante de estar al borde de algo, como si cada capítulo pudiera saltar por los aires en cualquier momento. Empieza fuerte, pero lo que realmente engancha es que no baja el tono. Cuando te quieres dar cuenta, has visto dos episodios seguidos sin pestañear. El equilibrio entre acción y contexto histórico está mejor llevado de lo que parece al principio. Hay momentos casi de videojuego, sí, pero de repente asoma ese Japón…
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